Los Gofios más noveleros acudieron a la “olla” del Abade. Una carrera con solera y que a cada edición se supera, con una organización y cuidado del ciclista que hacen que el descenso final, complicado, rápido y técnico, sea mucho más llevadero.
Con un ejercicio de logística propio de los Gofios, Tano y David, que se dejó los bidones con agua congelada en algún lugar de su congelador, comparecieron en la salida; uno, con los deberes a medio terminar y el otro, sin haber ido a clase. Todo suma…
A las 9.30, puntual, dio comienzo la salida con una pendiente en La Vica, donde no sólo las rampas sino también la destreza para no descalarte centraron los esfuerzos por alcanzar las pistas y liberar un poco de tensión. La alegría duró poco y a los pocos cientos de metros comenzábamos la ascensión por El Rincón hasta la carretera TF-24.
Ahí, cuando todos sufrimos como nunca, il capiTANO, acostumbrado como está, resopla, se resigna y arranca reventando una pequeña grupeta y llevándose a rueda a uno de ellos. A David, sin fuerzas y sin fuelle sólo quedaba apretar los dientes, buscar un ritmo y tirar, mirando al frente y encontrar alguna referencia. Finalmente, nos agrupamos en el primer avituallamiento junto con nuestro amigo Ramón, un triatleta, con cabeza dura y piernas de sobra. La siguiente vez que lo veríamos, sería en Meta, con su sonrisa y enseres para una ducha. Se nota que la logística Gofio aún no le ha calado… al tiempo!!
Tocaba bajar hasta El Rayo nuevamente en dirección a los senderos. Mucho polvo, terreno muy suelto y caídas que veías, oías o intuías. Muchos compañeros de fatigas tuvieron que retirarse por diversos problemas físicos, golpes de calor, deshidratación pero también mecánicos. La dureza de la carrera en sí se vio multiplicada por las condiciones meteorológicas, la “OLLA” del Abade subió la temperatura hasta los 36º de cocción. La parte más divertida se vio empañada no sólo por el polvo sino por las caídas que hicieron que el pie a tierra fuera la nota predominante en los dos tramos de los senderos de La Vica.
Ya allí, Tano, con fuerza y determinación arrancó definitivamente aprovechando su potencia en la subida, los senderos angostos, y despegó. Mientras, David, sin piernas, sin agua y casi sin cabeza, renqueaba mirando como la marca de sus cubiertas tardaban una eternidad en volver a pasar delante de sus ojos.
Volviendo por la zona de Las Calderetas, sabes que tienes tu coche aparcado a apenas 400 metros y continuar es de Gofio, de auténtico Gofio, sufridor. Aún con el desvío en la mente, decides continuas con la vista fija en el suelo, en el GPS y en buscar alguna referencia. Como siempre, algo habitual ya, cada uno rodó mucho tiempo solo, a solas con sus pensamientos y en las ganas de cruzar la meta.
Cuando llegas al último avituallamiento, km 43, tu cuerpo escombro se arrastra buscando agua como en el desierto y Tano, al que le había dado tiempo de echarse una siesta y saludar a casi todo el pelotón esperando por David, rellena sus bidones, le pasa fruta, algo de azúcar y un bidón nuevo. Salieron juntos nuevamente; Tano, como si lleváramos 15 km de paseo con los amigos, marca el ritmo. “Capi, no puedo, voy fundido, gracias por esperarme pero tira tú, nos vemos en meta, cuenta con ello”! Menuda bola le mandé; si hubiera sabido cómo volver a Las Calderetas, no me ven en La Victoria ni de coña!
Km 43 y piensas “bueno, de aquí a la Victoria sí que es todo bajada…”. Principal mentira del ciclismo: “nunca es todo bajada”. Así vamos a Fuente Fría, ¡dios, cómo odio esa pista, no me gusta ni el color de la gravilla! Subimos a Pino Carretón y sin saberlo porque la logística Gofio nos invita a ir así, a lo loco por estas carreras de dios, nos esperaba Pata del Guanche. Una última subida y ya sí que sí, todo bajada: MENTIRA.
No había noticias de Tano, el capitán, buque insignia donde esté, iba con velocidad de crucero directo a meta, con la mente puesta en su verdadera grupeta, esa que siempre está ahí, empujando y esperando, esperando y empujando. Bajó tan rápido, con tantas ganas, que se saltó el desvío de bajada y regaló, juntos con otros exploradores, varios km de más. Sobrado!
David, en mitad de la nada, decidió posarse y hacer un picnic en mitad de la pista Pata del Guanche; un poquito de agua, un fisco de isotónico, unas barritas, sal, geles, todo lo que trancó. En este deporte siempre la solidaridad prima, y todos y cada de los que pasaron a mi lado, me preguntaron cómo estaba y si necesitaba algo. Ninguno traía cerveza así que los dejé marchar con una sonrisa y un “gracias”.
Llegado al cruce de El Rincón, ahora sí, tocaba bajar, era el momento! Con 50km en las piernas no disfrutas igual pero había curiosidad por conocer nuevos senderos, el barranco urbano y la llegada a meta. Senderos muy técnicos, S lentas y sueltas dieron paso al barranco urbano, túnel y pasarela de madera hasta entrar en las calles de La Victoria, donde el parque urbano y su mini circuito nos llevaron hasta la línea de Meta.
Allí, exhaustos, con el polvo aún en suspensión a nuestro alrededor, preguntamos por los nuestros, sonreímos por haber acabado y nos abrazamos al ver que una vez más, la logística Gofio, esa que mide el poder de la cabeza y el corazón, volvió a rendir a pleno pulmón y nos llevó, a unos mejor que a otros, hasta el Corazón de La Hoya del Abade.


